ETERNO AMOR…

Quizás era el día para llenarme de valor y comenzar a debatir sobre si hacerlo o no…y con la venia de sus dolientes lo hice.

El sentimiento y la inspiración no se detienen, hay que dejarlos fluir; para que no ahogarse y verter entre agonías las letras.

No es mi intención escribir hoy a través del dolor, no…es a través del amor y la gratitud que quiero dejar sentado mi sentir, es a través de una historia, quizás como muchas; pero sé que como pocas, porque los tiempos así lo proclaman.

Ellos no son Fermina y Florentino, no…ellos son Mario y Adriana,  y no es este el romance descrito en el amor en los tiempos del cólera; pero si un amor que tuvo su desenlace en medio de una crisis pandémica mundial, justo aquí, en este pueblo ciudad…bañado por el Río Negro, donde sus aguas, sus calles y cada rincón fueron testigos de una historia de amor, que nunca llegará a su fin.

Adriana…a quien siempre llamamos Diana, la flaca, la amiga, la hija, la compañera inseparable de colegio y travesuras, confidente, en esos momentos en los que una adolescente como yo, buscaba aferrarse a alguien que la escuche y proteja…una hermana mayor.

Mario el primer y único amor de Adriana, guerrero incansable, cómplice y asiduo admirador, incluso desde esa época colegial en que departían, y poco a poco, entre las miradas que van y vienen…surgía el amor.

Un amor determinado a seguir firme pese a cualquier circunstancia, y del que hubo un fruto que fortaleció esa unión familiar…la traviesa Cata, llegó para amenizar sus días.

Pasado el tiempo, aún más consolidados que nunca, como almas, que desde el primer encuentro vieron fluir el amor hasta la eternidad, solo de palabra y hecho…sin el conjuro de una bendición que proclaman las creencias… así no más, juntos por el amor que se profesaban.

Los días van y vienen, las vivencias, buenos y malos momentos, años de compartir, de batallar juntos, de fortalecer esa promesa de amor…que no necesitó de testigos y formalidades.

Pasaron 30 abriles de constante y mancomunada convivencia, 3 décadas de asidua lucha y entrega; más en medio de esta recrudecida realidad, comenzaría a desatarse una tormenta, la última batalla de la que pese al acontecer, Adriana, como siempre saldría victoriosa.

En febrero de 2020, acosada por un mal mayor, Adriana comienza una travesía…debatida entre la incertidumbre y la esperanza…un diagnóstico nada alentador, sin embargo, fue ella el pilar y la fuerza de quienes hicimos parte de su vida.

Todos nos dimos por enterados; recuerdo el 6 de marzo de 2020; día en que ya se anunciaba la pandemia y las restricciones se veían venir, día en que di un concierto en el Parque Plaza de la Libertad de Rionegro, aun así y con mi espíritu de rodillas, alce mi voz a los cielos, y en medio de la música y mis letras, eleve un a plegaria.

Bien volvamos a la historia de Adriana, que es la que ahora nos atañe.  

No pasó mucho para sentir el abatimiento, mas en medio de este panorama clínico y pandémico…una decisión transformó esta historia en un cuento de hadas. Después de 30 años, y en medio de una crisis mundial de salud y del mal que la aquejaba, Adriana y Mario, deciden ante los ojos de su Dios, dar un paso hacia la consolidación absoluta de su gran amor, uno que ya estaba más que bendecido por sus actos.

Fue así como el 16 de marzo, ante la familia, amigos y compañeros de estudio, Adriana y Mario, se dieron el sí, ante la bendición del creador.  Como en un cuento de fantásticos aconteceres, la vi desfilar con su traje blanco, camino a un altar de campo, improvisado en una de las moradas que siempre la acogió, todo majestuosamente dispuesto para la efeméride.

En medio de un ambiente de luz, amor y regocijo, celebramos su ceremonia nupcial…

“En la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe”, escuché…  Suspiros van y vienen.

Tantos sentimientos encontrados, incertidumbre, admiración y llanto; porque es de humanos la debilidad y pese al solemne momento, las lágrimas hicieron de las suyas…se llora por emotividad y por impotencia…quisiera la pócima mágica que retrocediera el tiempo.

Adriana siempre sonriente…entonces la miras y mejor te contienes, no hay que tergiversar el momento.

Ahora ante los ojos de su Dios y los preceptos terrenales, Mario y Adriana ya son marido y mujer… lo que siempre fueron, sin ilaciones ni desenfrenos; pero ahora bajo la voluntad que siempre tuvieron para estar unidos, y bajo la ley de la divinidad.

Desde ahí, desde el 16 de marzo en adelante, su firmeza se hizo latente; mas el mal que la aquejaba y el tiempo hicieron de las suyas…un infinito amor, en medio de la decadencia del cuerpo, llevándose la tangibilidad de lo perecedero, y poco a poco sus fuerzas se declinaban.

Una historia llena de tantos momentos; como ese, en el que sin entrar en detalle…Ramona una de las mascotas de Adriana; anticipa su viaje y parte  hacia otra dimensión para marcar  territorio.  Pese al dolor de esta gran perdida, ella supo que el sendero para el encuentro con su amada Ramona y sus seres queridos estaba dispuesto, y que lo único posible era abrir sus alas y entregarse a ese vuelo infinito.

No pasó mucho tiempo para que ese designio “Hasta que la muerte los separe”, cumpliera con su cometido, y justo dos meses después, el 16 de mayo de 2020, Adriana parte de este mundo a la presencia de  su creador, en quien depositó su fe, para recibir esa última bendición de amor.

Y nosotros, los débiles mortales, que creemos que todo es inmortal, siguiendo los mandatos marcados por este trinar de los días…como en una película de ficción sin precedentes, la despedimos a través de un cursor, de una pantalla que viralizaba el solemne instante, con el vacío del abrazo, del duelo compartido, con el olfato ávido de incienso, viendo parir de los dolientes las lágrimas y una entrañable impotencia, reflejada en un monitor.

Un féretro blanco, en medio de la presencia de unos cuantos…muy pocos diría yo. Honras fúnebres con sabor destierro y gratuidad…rostros petrificados de dolor, y lágrimas que detuvieron su curso a medio camino, asechadas por el filo de un tapabocas.

Desde esa virtualidad, ella aún sonríe, porque ese era su fuerte sin importar las circunstancias…no solo le sonrió a la vida, también a la muerte…y desde ahí, desde ese palco en primera fila, aferrada a su Ramona, y a las almas que le dieron la bienvenida, ella, espera a su único y gran amor.

Así te despido Adriana, mi sangre y cómplice, con el corazón partido; pero henchida de gratitud, por tu paso por este efímero sendero, nada nos pertenece, y es la muerte, el único bien que nos posee.

Nada es irreal, solo la vida.

Por: MaraAbad
(Derechos Reservados)

 

 

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