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No hay que referirnos a España o a Italia, en donde se pregonaba a los cuatro vientos que había que “salvar la vida de los jóvenes y dejar que los viejos se murieran”.

Hubo casos en los que un respirador se le quitaba a un enfermo mayor para dárselo a un joven.

En Colombia misma, el presidente Duque ha querido mantener una política de confinamiento, aplicada con mayor rigor a los abuelitos, porque ellos son los que están en mayor peligro y hay que extremar las medidas para que no salgan de sus encierros, como bichos raros a los que solo hay que cuidar, regañar y esperar a que se mueran.

Contra la política de Duque hubo la famosa “rebelión de las canas”, con personajes como Rudolph  Holmmes, Humberto de la Calle, César Gaviria.

Gracias a ese intento de contestación, se nos ha ido tratando con más respeto y consideración y se está dejando salir hasta media  hora diaria.

Que esto ocurra en el mundo de lo “pagano”, hasta  se hace comprensible; pero que esto esté ocurriendo en nuestras “barbas” hace que las cosas se pongan “color de hormiga”.

Acá mismo en la Casa de la Transfiguración, recinto para sacerdotes mayores y ancianos  a nosotros “cristianos”, nos debe hacer pensar, pues leemos cada día que “ el amor es comprensivo, que el amor es servicial, que el amor no tiene envidia y que el amor no busca el mal”. (1 Co 13).

El director del hogar sacerdotal le dice a todas sus amistades que él es el “dueño” de esta casa y sin ninguna regla fiscal, se ejerce el acoso físico y psicológico y con el agravante de que a todos los amenaza con la expulsión del hogar sacerdotal.

Me ha tocado ver casos en los que trata a sus hermanos sacerdotes sin la menor consideración, los regaña como si fueran niños y trata de alejar de su entorno a los que no están de acuerdo  con sus ínfulas de  poder.

Fue vergonzosa la manera como trató al padre Gilberto Muñoz Ospina, (sacerdote benemérito) por la celebración de una misa (a puerta cerrada y con todos los protocolos), en el Santuario del Niño Jesús de Praga, el 12 de julio de 2020; sin faltar, -claro está- la habitual frase suya de que lo expulsaría de la casa.

De esto si fue informado el obispo, que inmediatamente dijo que le llevaran la copia del permiso para celebrar y que le recordara a Chalaca que los sacerdotes con más de 70 años no podían celebrar.

Sobre la razón que me envió, yo comenté que quien debía preguntar por la vida, obra y milagros de un sacerdote era el pastor diocesano.

Hace más de seis meses que no me saluda ni pregunta por mí, viniendo como lo hace, frecuentemente a esta casa.

Celebrar una misa en épocas de pandemia no es un delito, sino la infracción de una norma, que es esporádica y eventual.

A la casa de la Transfiguración no pueden entrar sino sus amigos y las personas que le hacen trabajos ocasionales. El personal de trabajo vive atemorizado, pues en sus manos está su subsistencia, pues la gente humilde cree que es mejor soportar humillaciones que morirse de hambre.

Su amigo personal puede entrar a su alcoba a la hora que quiera y deja el carro parqueado hasta la hora  de la noche que él desee hacerlo.

El padre director no come con los demás sacerdotes, sino que hace que le lleven la comida a los dos a su habitación.

El problema es difícil de solucionar, porque el señor obispo tiene muy claro que lo que él no es capaz de hacer, se lo hace este sacerdote y que como nadie tiene acceso al obispo, él puede hacer y deshacer. No ve la hora de sacar de la capilla del niño Jesús de Praga al padre Chalarca y lograr que el obispo haga de este salón una parroquia personal para él.

Los amigos del señor obispo son una cúpula inaccesible y poderosos por la cantidad de dinero que manejan. Acá no hay un grupo de sacerdotes de prestigio y calidad, como lo hubo en tiempo de Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, que le hablaba cara a cara al obispo y eran sus interlocutores.

Todo eso acabo en la Diócesis de Sonsón – Rionegro. Ahora solo hay jóvenes, que alaban al Superior, como en el caso de Alejandro Magno, que murió por sus excesos juveniles en medio de los diáconos, los que heredaron sus reinos conquistados por una de las inteligencias   militares más prestigiosas que ha tenido la historia.

Paz en las tumbas de Monseñor Octavio Giraldo, Monseñor Luis Gómez, Monseñor Francisco Hernández, el padre Serna Cañas, el padre Mario Toro, Monseñor Héctor Urrea,  y especialmente Monseñor Samuel Álvarez Botero,  y muchos más que no menciono.

El Obispo Uribe Jaramillo, al menos escuchaba otras opiniones. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 4,19).

Rionegro 20 de julio de 2020, año de la pandemia Covid 19.

Por el Presbítero José Oscar Chalarca Giraldo

 

 

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El Rionegrero
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