Menesterosos emblemáticos de Rionegro

El crecimiento de Rionegro ha sido exponencial, esto ha generado que la mendicidad en el municipio crezca de forma acelerada. Cada ciudadano ha pasado por los lugares emblemáticos de la municipalidad y probablemente han dado monedas a estos personajes. Aunque los hemos visto muchas veces, detrás de cada mendigante hay una historia. Este reportaje gráfico busca retratar aquellos menesterosos comunes del municipio.

CHUCHO

Cabello largo, camisa de cuadros morada, un bastón, un pantalón arremangado, un vaso con tinto y un vaso con unas cuantas monedas (dadas por las mujeres que ingresan a la iglesia de San Francisco) es lo que acompaña a Jesús Antonio Henao.

Jesús Antonio Henao, más conocido como Chucho, es uno de los mendigos más populares del centro histórico de San Francisco, quien día tras día se sienta en el rincón de una de las columnas del templo esperando la misericordia de las personas que pasan por ese lugar.

Chucho, de 70 años, se levanta a las 5:30 a.m. y desayuna ––si está con suerte y el día anterior le fue bien–– pan con café. A las 6:30 de la mañana se prepara para bajar desde una pequeña casa en la Inmaculada hasta el parque de San Francisco. Allí llega a las 7:00 a.m., y se prepara para fijar su mirada en las personas que pasan de un lado hacia otro. Jesús vive cada día con paciencia, esperando que el dinero que le den sea suficiente para comer, ya que esta es su principal preocupación.

 

POPEYE

–¿Me permite fotografiarlo? –– preguntó la joven periodista

––Sí, niña –– respondió el hombre mientras estornudaba dos veces seguidas–– ¿Qué pose debo hacer?

––La que usted quiera

Libardo (Popeye) estornudó tres veces más, corrió la botella de alcohol que tenía en su mano y miró la cámara fijamente. Sus ojos se enfocaron en el lente y esperó la señal de la joven. Cuando observó que la niña asintió con la cabeza, Libardo, de 60 años, movió los músculos de su rostro e imitó la cara de Popeye, la caricatura creada en 1929. La estudiante de comunicación social sonrió ante tal imitación.

––¿Pasó algo?, ¿Quedó muy mal mi cara de Popeye? ––preguntó el hombre mientras estornudaba ––¿La vuelvo a hacer? ––No, no. ¡Quedó perfecta! responde la joven.

Libardo sonrió y recordó aquellos años en los que llegaba a casa para ver la caricatura Popeye con la cual sentía cierta admiración por el marino. Recordaba con nostalgia que eso era antes de haber conocido el camino del alcohol, del cual no ha podido salir. Recuerda que en su juventud comenzó a consumir licor como forma de escape a los problemas que tenía en casa y a la pérdida de una familiar que hizo que se hundiera en la tristeza. Aunque ha intentado dejar el licor, este se ha convertido en su mejor amigo durante años.

––Sé que esto me hace daño, pero ha sido el único que ha estado conmigo y me ha hecho olvidar de situaciones. Al final de todo, de algo nos vamos a morir, entonces no es problema morir a causa de algo que te gusta–– puntualiza el hombre. Estornuda una vez más y coge la botella para tomar un sorbo del contenido alcohólico.

DORA

Encontrar nuevas personas en el parque principal de Rionegro no es un problema. El sol en su punto más alto, las palomas volando encima de la estatua de José María Córdoba (erigida en 1968). El cielo azul y nubes blancas que bloquea la posibilidad de que llueva, las banderas de Colombia, Antioquia y Rionegro frente a la Alcaldía municipal, las campanas de la Concatedral de San Nicolás el Magno de Rionegro y los grupos de personas compartiendo son el paisaje perfecto para tomar una fotografía. No obstante, aunque es un espacio propicio para fotografiar, los ciudadanos aún se asombran cuando ven una persona con una cámara, por lo cual, sus miradas se posan sobre ella. ––Hola, ¿qué están haciendo? –– le pregunta una mujer de cabello corto a dos jóvenes que tienen una cámara en su mano ––Tomando algunas fotografías en este día soleado–– responden con entusiasmo –– ¿Me pueden tomar una foto? los jóvenes observan en la mirada de la mujer una especie de ruego. Sin titubear, afirman con sus cabezas. La mujer se sienta en la banca y hace la pose con la que mejor se siente y sonríe.

Dora, de 50 años, estaba emocionada por la fotografía. Comenzó a llorar, porque, la situación en su casa no era la mejor. No sabía dónde amanecer aquel día porque la habían echado de la habitación donde estaba por no tener dinero para pagarla. Se lamentó por toda la situación que estaba pasando y por haber perdido a sus hijos inesperadamente en un accidente. Se lamentaba por no tener el suficiente dinero para pagar la habitación, puesto que, su trabajo con el cual recibía ingresos era ser dama acompañante en la plaza del municipio.

El olor que impregnaba sus prendas, reflejaba que hace algunos días no se había bañado y que quizás tampoco había comido nada, por ello, los jóvenes le dieron dos panes que tenían en sus manos. Dora secó sus lágrimas y se paró de la banca mientras agradecía por la fotografía y los panes.

MAGOLA

Magola, de 76 años, es una de las mendigas más conocidas del municipio de Rionegro. Su traje es uno de los que llama la atención: El suéter tejido azul, el sombrero con moño, la falda morada hasta la rodilla, la camiseta blanca, las medias de colegiala y las zapatillas son los elementos que conforman su traje y que la hacen ver con un toque de ternura.

Lleva 30 años sentada alzando su voz: “¡una monedita, por favor!”. Repite esta frase cada 40 segundos mientras espera que los caminantes se compadezcan y le den una monedita. Según algunos, su hijo la obliga a pedir limosna y luego le quita el dinero recogido; sin embargo, Magola dice que le gusta sentarse en el parque y ver como las personas pasan y están afanados por conseguir dinero y por cumplir responsabilidades, mientras ella se sienta diagonal a la iglesia católica y espera con tranquilidad que el dinero llegue a sus manos.

A veces Magola sonríe con la comisura de sus labios, puesto que perdió sus dientes hace ya algunas décadas; sin embargo, ante la petición de una fotografía o un buen rato para conversar, no se niega y hace sus mejores gestos para salir bonita en la fotografía.

RAMON

Caminar por la Calle 52 del municipio de Rionegro es toda una odisea, especialmente, en la cuadra entre la bomba Galaxia y la esquina de la Escuela Unida ––Institución Educativa José María Córdoba––. Colores, sonidos, personajes, olores, la señal de “transite con cuidado’’; y el trajín de esquivar a las personas afanosas que van tarde hacia el trabajo es lo que acompaña este paisaje.

Dentro de esta pintura se encuentra un personaje clave, que aunque pasa desapercibido por muchos, empero quien se detiene a comprar en la Cafetería Galaxia, probablemente se ha encontrado con él, Ramón, un hombre de 48 años que ubicó su puesto de trabajo entre la Cafetería Galaxia y Frutty Fresh, y que cada día no pierde de vista la importancia de sonreír. ––¡Ramón! Venga a tomarse un tinto con nosotros–– le grita un hombre de camisa de cuadros que está sentado en una de las tres mesas externas de la cafetería.

––¡Claro que sí! Ya me paro y voy –– responde con ironía y risas. Agarra en su mano derecha el vaso rojo que contiene unas cuantas monedas, en su mayoría de $200 y $100, y comienza a empujarse con sus manos para impulsar su cuerpo hacia adelante y avanzar, puesto que perdió sus dos piernas en un accidente en la finca de sus padres cuando era joven. Recorre cinco metros y saluda a sus amigos que al instante le pasan un tinto caliente, y que entre risas y bromas pasan un momento agradable, gracias a la simpatía de Ramón.

––Sonreír a pesar de las situaciones difíciles es la clave para que le vaya bien a uno––dice Ramón mientras sonríe a la cámara.

Por: Luisa Fernanda Herrera López 

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