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Los devotos de algunas ideologías políticas propagan las mentiras más infames con tal de imponerse y anular a sus adversarios. Las potencias mundiales y organismos internacionales de control juzgan y sancionan basados en falsos testimonios y no en las evidencias grabadas o en hechos reales registrados por sus agencias de inteligencia o sus funcionarios. La desvergüenza política no vacila en señalar como buenos a los malos y como malos a los buenos. La ignorancia y la imbecilidad son los peores aliados de la democracia. En nuestro país a ciertos dirigentes les exigen comprobada santidad, y quienes lo hacen son individuos que han cometido infamias, crímenes atroces y toda clase de engaños.

El señor Álvaro Uribe, cuyas actuaciones dieron origen al Sisbén, promovieron ayudas para los necesitados y extendieron la salud a todo el grupo familiar en las EPS, también impidieron que una ruinosa y sangrienta ideología se tomara el poder. Y son precisamente los partidarios de esta ideología los que lo persiguen y los que en el pasado le quemaron a la familia las haciendas, la acosaron brutalmente y le asesinaron al padre.

Y no es que yo sea uribista. No agradezco que los gobiernos uribistas de Rionegro me vapuleen injustamente desde Catastro. Pero sé que en el mundo jamás ha existido un gobierno presidido por un santo. La señora Ingrid Betancourt también exige santidad en los gobiernos. Ella, quien por torpeza y soberbia se hizo secuestrar, cuando fue liberada trató de que el Estado la indemnizara con miles de millones de pesos, y ahora parece que a la hija la indemnizarán con una cantidad de dinero inmensa, por haber sufrido moralmente con el secuestro y con la ausencia de la madre, como si no sufrieran los hijos de otros secuestrados o los huérfanos de padres asesinados, todos estos que jamás imaginaron una reparación cuantiosa por sus infortunios.

Es cierto que la fragilidad humana muchas veces comete graves errores y equivocaciones de buena fe. Lo que no podemos tolerar es la maldad, la corrupción, la mentira y la vileza intencionada en detrimento del prójimo. A cada cual debemos reconocerle lo bueno y lo malo que haya hecho, pero con imparcialidad, sin exageraciones.

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El Rionegrero
elrionegrero@gmail.com

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