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Cuando me pidieron escribir un artículo sobre mi padre, no quise circunscribirme a los datos históricos de una biografía, ni a los hechos epopéyicos de un héroe local… más bien quise centrarme en aspectos íntimos, a lo mejor para muchos desconocidos, y que conforman las bases del respeto, cariño y agradecimiento que él tuvo para con quienes compartieron una clase, un viaje, un secreto o un periquito en el parque, como le gustaba a él pedir su café.

En medio del complejo y fugaz proceso de deterioro en la salud de mi padre, conversaba con alguien sobre cómo estaban “viajando” tantos personajes de la “camada” nacida entre los años 40 al 48. Unos por el covid y otros porque era ya su momento. Ellos poco recordaban de los sucesos bélicos de esas épocas, pero parecía que venían impregnados de la berraquera propia de un sobreviviente de la guerra… Trabajadores natos, altivos y orgullosos de su esencia campesina, con una pujanza ciertamente difícil de encontrar en las generaciones posteriores, y con una romántica preocupación por el bienestar de sus semejantes, y en especial, un empeño belicoso, porque creciera la semilla que habían sembrado en aquellos a quienes habían servido como sus maestros.

Escuchaba también historias de personas quienes compartieron espacios de clase de Don Agustín (como todos lo llamaban), en uno de los periodos de su faceta como maestro entre el año 60 al 70, recibiendo de él las semillas del respeto por lo fundamental (Dios), la compasión y la humildad, creando cambios desde ese entonces, para las generaciones actuales de religiosos, trabajadores del común, empresarios, políticos, etc. Esas virtudes no fueron recibidas solo de él, sino de muchos otros maestros que fueron quedándose en el olvido junto con su labor, y que en definitiva aportaron silenciosamente al crecimiento de lo que hoy es esta región. En el caso particular de Agustín, brindándoles años después, a través del turismo, la posibilidad de conocer regiones y culturas de las cuales en algún momento les había platicado en una clase o leído en un libro de geografía.

Muchos recordamos al Agustín soñador y libre, siempre con ganas de viajar. Recuerdan especialmente sus chistes, por cierto, pocos verdaderamente finos, y que nunca podían faltar. Recuerdan sus reglazos de escuela o como un pedazo de tiza zumbaba como bala los cabellos de los estudiantes (cuando se usaba aquella pedagogía). Recuerdo también al Agustín serio y parco, que al contradecirle y sin mediar palabra, ganaba todos sus duelos con tan solo con una mirada. Recordamos al profe de religión, que para poder dictar sus clases, caminaba desde San Ignacio hasta Santa Elena para reclamar las fichas para sus alumnos. Ese de paso ligero e inalcanzable, que solo paraba para saludar con amor, fuese al más humilde o a aquel que tuvo una mejor suerte en la vida. Recordamos a ese hombre de corazón noble, que con ejemplo nos explicó la definición de gratitud y generosidad.

No en vano, alardeaba de sus experiencias cuando en un país lejano un desconocido le gritaba “¡Ey! profe”, logrando mezclar en un solo momento, dos de sus tres amores, la educación y los viajes. El otro era la música. Su orgullo de siempre fueron sus alumnos… Doctores “de todos los colores”, lustrabotas, médicos, carniceros, monseñores y yerbateros. También policías, mecánicos, choferes, gamines y curanderos… todos pasaron por el salón de este maestro de maestros. Así era él, lleno de historias de sus alumnos… unos muy inteligentes, otros no tanto, como a veces me lo decía… Mijo, ahí donde lo ve y lo bruto que fue…

Lograr alcanzar 330 excursiones en más de 35 años, no fue un camino fácil para este trotamundos. En varios de esos viajes, por ejemplo, algunos de sus mejores amigos “viajaron” a otra vida. Otros pudieron abrir sus mentes a nuevas culturas y paisajes, y otros simplemente disfrutaron de una experiencia, que, para ese momento, simple y sencillamente apenas empezaba a ser del alcance de las personas de esta comarca.

Finalmente mencionó a su musa de siempre, la música. Enamorado del bandoneón y de las cuerdas, de Magaldi y el Varela de azúcar, pimienta y sal, y de su siempre e inseparable amigo, el clarinete. Recuerdo en especial como tarareaba y marcaba el ritmo de un vals. Como con su oído incisivo y filoso detectaba una mala nota o un error en el ritmo. Aunque llevaba la música en la sangre, solo desde principios de los años 70, bajo la dirección de Don Jesús Areiza, y en compañía de 14 músicos más, conformaron la banda Municipal de Rionegro, cuyo cuartel general fueron las actuales ruinas del Conservatorio de Rionegro. Luego, en otra etapa de su vida, siendo parte de la compañía de teatro Los Magnos… se hacen imborrables las escenas de “El matrimonio de Trina” o su elegancia cuando en una miniserie protagonizó a Ruperto Hand, el verdugo de Córdova…

Los últimos días de Agustín pasaron tranquilos, en familia, pensando en cómo volver a llevar a su gente a su amada Cuba; terminando, además, una biografía que debía tener, según él, más de 100 páginas, y adelantando algunos procesos escultóricos y melodías para clarinete; “capoteando” sus quebrantos de salud mediante su extraña y admirable capacidad de ignorar todo lo malo y muy seguramente recordando, con otras palabras, todo lo que anteriormente les acabo de describir…

Buen viaje amigo…

Por: Alejandro Zapata S.

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El Rionegrero
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