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LO NUESTRO

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En cada campaña se vuelve común escuchar grandes debates sobre el rumbo del país. Se lanzan propuestas, se prometen reformas, y se dibujan visiones de un futuro mejor. Sin embargo, más allá de los planes de gobierno y las naturales diferencias de opinión, hay una actitud que como sociedad debemos revisar: la extraña distancia con la que nos referimos al lugar donde vivimos.

En Colombia hemos desarrollado una habilidad peligrosa: hablar del país como si fuera un terreno ajeno. Es frecuente oír en las calles y en las plazas: “este país necesita esto”, “este país no aguanta aquello” o “este país está mal”. La frase puede sonar contundente, pero en el fondo revela una distancia cómoda. Al decir “este país”, lo convertimos en una entidad abstracta. En algo que otros dañaron, algo que es responsabilidad exclusiva de terceros o un problema que simplemente observamos desde la barrera, como si no tuviéramos las llaves de la casa.

No es lo mismo hablar de “este país” que decir “nuestro país”. La diferencia no es un simple detalle de lenguaje; es la base de nuestra relación con lo que nos pertenece por derecho y por deber. Mientras que “este país” permite criticar desde la lejanía, esperando que un salvador impulse las transformaciones necesarias, el concepto de “nuestro país” nos obliga a asumir una corresponsabilidad real. Es entender que aquello que señalamos también nos compromete y que las mejoras profundas comienzan en el comportamiento cotidiano, en la coherencia entre lo que exigimos y lo que estamos dispuestos a dar por el bienestar común.

En tiempos de definiciones sería valioso que, más allá de las promesas técnicas, rescatáramos una idea sencilla pero poderosa: hablar del país en primera persona. Decir “nuestro país”. El que compartimos con el vecino, el que nos corresponde cuidar y mejorar cada día. No como una consigna de campaña vacía, sino como una expresión auténtica de pertenencia. La transformación real de una sociedad no comienza únicamente cuando alguien gana una elección; comienza cuando cada ciudadano entiende que el territorio no es un escenario externo, sino una responsabilidad compartida que nos involucra a todos por igual.

Porque a menudo nos comportamos frente a la gestión pública como lo hacemos frente al fútbol. Nos sentamos a ver el partido, analizamos la alineación con rigor de experto, criticamos con severidad al técnico y damos por cumplida nuestra misión ciudadana al terminar el juego. Hemos caído en el error de creer que opinar es lo mismo que participar. Pero la política y la construcción de sociedad no son un espectáculo de domingo. No basta con votar y sentarse a esperar el resultado como si fuera un marcador en una pantalla. La democracia exige algo mucho más exigente y necesario: corresponsabilidad ciudadana.

La transformación no empieza el día de la posesión de un cargo. Empieza cuando dejamos de hablar desde la distancia y empezamos a asumir que lo público no es algo que «no es de nadie», sino que es aquello que nos pertenece a todos. Cuando entendemos que el cuidado de lo que nos rodea es una extensión de nuestra propia casa, el cinismo se queda sin argumentos y el progreso se vuelve inevitable.
Tal vez el primer acto de madurez de nuestra sociedad sea, simplemente, dejar de sentirnos visitantes en nuestra propia tierra. Dejar de decir “este país”. Y empezar, sin miedo y sin excusas, a decir nuestro país.

Por Jorge Rivas

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